Alma en venta

Olek se aferra al martillo; los nudillos se tensan, el mango cruje entre los dedos. El golpe es seco, el ruido atronador, pero el clavo apenas penetra en la madera. Un clavo oxidado que ya ha perdido su filo, un armazón que apenas se sujeta. Olek sabe que debe terminar la casita del árbol, el refugio donde jugará el niño que no fue, donde esconderá el osito de trapo —ese al que le faltaba un ojo— y los soldaditos de plástico con los que montaba un belén. Pero sus manos ya no son las mismas; el cansancio ha calado en sus huesos y eso le entristece: las maderas pesan cada día más y los clavos están cada día más oxidados.
Por la noche Olek sueña con terminar la casita. Corta la madera con solo mirarla y los tablones se apilan: uno, dos. Hay noches en que los clavos danzan y Olek sonríe porque la obra pronto tocará a su fin. Ya se imagina allí mientras Diethi juega a servir el té en pequeñas tacitas, mirando la luna a través de la ventanita.
Pero Olek siente que su cuerpo está exhausto, que su alma le ha abandonado. Piensa que lo mejor que podría hacer con ella, ya que apenas la siente, es venderla. Compraría clavos nuevos, de acero templado, y un martillo firme; quizá hasta una sierra nueva. Acabaría la casita. Diethi por fin traería las tacitas.
Sus ojos volvieron a brillar, pero eran destellos sin alma. El martillo continuó golpeando; un martillo sin alma, y la madera se rindió al fin, cediendo poco a poco mientras la casita crecía. Diethi escuchaba los golpes desde abajo, veía los clavos hundirse en la madera, pero no lograba encontrar el alma en los ojos de Olek.
Y llegó el invierno. El viento del norte, que traía el frío, siseaba entre los tablones y rugía por las ventanas. Los tablones, amartillados, clavados sin pulso ni alma, trepidaban hasta arrancar los clavos. La casita temblaba. Olek clavó más y más clavos, desesperado, pero nada podía vencer al viento. Los primeros tablones cayeron a sus pies, y poco después el resto, la casita entera. El osito de trapo, los soldaditos, las tacitas de Diethi… nada tenía ya sentido, nada conservaba su lugar.

El árbol desnudo contemplaba a un hombre desnudo, un hombre sin alma.

Niebla callada

En las pequeñas piedras
que las olas elevan
encuentro un rastro tuyo,
el instante perfecto en que bañas el mar,
las olas te miran, absortas,
y me roban la luz de mis ojos,
te vas con las conchas,
te vas con las olas,
me queda la arena,
me queda la niebla,
y me queda el silencio.
Quiero ser gaviota, mar adentro,
quiero ser arena, y mar,
y volver, con las olas,
ya no queda playa,
ni conchas,
solo niebla callada.

El gato baila

El gato cojo baila en la maroma,
la maroma se balancea sobre la mar,
ahora saluda al norte,
ahora besa al sur,
el gato cojo danza,
las olas brincan,
es la hora del gato cojo sin caja,
el viento calla,
el gato cojo maulla,
tres pies para un gato cojo,
un traspiés para un baile,
dame la patita, gato cojo sin pata,
no me puedes coger, soy un pirata,
cabriolas de gato cojo,
alambre en el aire,
el gato cojo tiembla,
las uñas se quiebran,
la maroma ya no le sostiene,
el gato cojo baila en las olas,
cabeza abajo, cola arriba,
el gato baila en los corales.

Volar

Quiero volar,
como pájaro sin alas,
extender mis brazos sobre la mar
y que el agua me sonría
el batir de mis manos es espuma,
no tengo plumas, tengo sueños,
¿Por qué yo no puedo volar?
¿Qué me ata a la tierra?
¿Qué me ata a la mar?
Quiero elevarme sobre las olas,
huir de las tormentas, de la lluvia,
abrazar la costa desde las nubes
y secar mi piel desangelada.
Quiero romper mis ataduras
y bailar con las gaviotas
agitar mis miedos,
surcar los vientos frenético
y aventurarme en las calmas,
y volar, volar sin despertar.

La aritmética del verbo

Gregorio Pintas, debía tener justo la edad en que uno es responsable aritméticamente pero totalmente irresponsable de que la estadística lo nombrara mayor de edad, en líneas generales un adolescente contrahecho, o poca cosa más, algo inútil para las letras, negado de nacimiento para los números, y sin embargo fervoroso entusiasta de la vida. El Grego era de verbo suelto, que no fácil, era más bien introvertido y le costaba juntar dos palabras pero cuando abría la boca, ahí campaban a sus anchas los más lindos improperios, esos arrebatos lingüísticos que sonrojarían a una madame, pero tenía la finura de un colibrí para cantarlos así que ni la madame, ni nadie más del pueblo se daba cuenta, y menos las aludidas. Las aludidas eran tan, tan glamurosas como el batir de unos berberechos en la madrugada, tenían ese ritmo bamboleante de los melones en la furgoneta del Santiago, maduros ya, y tan sonrosados que en la boca eran puro placer, goteando por la barbilla, por el pecho, gotita a gotita. Las aludidas eran más temibles que dejarse todo el recauchutado en la subida del rally de primavera, curvas y curvas, derrapes y derrapes, justo cuando crees que ya vas a coger la recta, aceleras y vas todo lanzado, entonces, entonces se asoma una curva a medio camino entre la espalda y las firmes piernas, una curva osada, desafiante, sin quitamiedos porque lo que busca es que te estampes sin miramientos, que tus caballos, toda la manada junta, bajen al desfiladero, trotando, galopando, pierdan los cascos y te dejes la montura en la proeza, y la dignidad de paso. Las aludidas escuchaban la voz de Grego, él las miraba pasar, ellas se preguntaban qué decía ese, él no hablaba, ellas le miraban, a hurtadillas, menudo canalla, con los vaqueros más justos que el cambio de la máquina del tabaco, un pitillo en las manos y el culo apoyado en la montura de su 350. Las aludidas, secretas devotas de la incipiente lujuria, caminaban aprisa, rozando las piernas, pies juntitos, nalgas vacilantes, sintiendo el roce de los inmaculados encajes que las arropaban. El Grego era como un colibrí, de pico fino y sutil, apenas una palabra, el verbo nacía en él desde lo más profundo, y crecía grueso, cada vez más, se reafirmaba en cada pensamiento y pugnaba por la libertad. El Grego tenía mucho que decir, era más que evidente, ni la moto ni los vaqueros podían ocultar ya las lindezas que en su cabeza reventaban, y las aludidas lo sabían, y gozaban con ello. En la comisura de los labios una sonrisita cómplice, en las piernas un alboroto, un gemido. El Grego cambiaba de postura, fumaba, miraba al cielo buscando sombra, pero la voz era más fuerte, crecía en su interior, le dominaba, gritaba desde lo más bajo, desde la misma cremallera. El Grego tiró el pitillo, arrancó la moto, una mano dando gas, la otra, la otra entre el asiento y su pecado, callando el verbo que había florecido, sin querer pero queriendo, deseando. Las aludidas reían, el Grego huía, la estadística decía que esto no podía pasar, la aritmética decía que una más una eran dos.

Mismidad

¿Recuerdas el claro de la luna,
aquel que se escondía en mis ojos?
No, que era noche cerrada.
¿Sientes como el agua resbala
en mis manos, entre tus dedos?
No, que es arena levantada.
¿Escuchas mis palabras, furtivas,
brotando entre tus labios?
No, mis labios ya están sellados,
tus oídos están marchitos,
mis ojos, tus manos,
y tu cuerpo entero, huidos.
Ya mis voces no te alcanzan,
mis ojos no te miran
y mis brazos no te abrazan.
No distingo tu silueta
oculta en las huellas del agua,
todo es sombra, negra sombra,
tu rostro, apenas un esbozo,
incapaz de verme, de verte.
Te abandona mi reflejo,
soy insondable, pétreo,
y hueco, infinita oquedad.
No recuerdo, no sientes,
no palpitas pero tiemblo,
corre, no me alcanzas,
ya no estoy, ya no te veo.

Infante

Ah, tierno infante, triste infante
ignorante de pérfidas veleidades,
cuán amargo es el placer que no sentís,
cuánta la desdicha de no amar,
roto el desmán, perdida la cuenta,
¿acaso no mensuráis las afrentas?
Si os cabalgan deslomado
¿acaso vuestras cinchas no rezuman?,
si galopáis en desenfreno,
¿acaso vuestra quijada no llora?
Os sentís atrapado, inánime en vida,
roto en ausencia, triste,
y aún así, insistís, ¿sombra mía?
Perdido os hallo, desventurado,
os preguntan sin esperar respuesta,
taciturno sois, quizá silenciado,
pero no osáis gritar en alto,
por mor de aliviar penas, ajenas,
cuando las vuestras ya ni sufren,
ni son penas, ni tienen alma.

Sueños

Oiga, se le ha caído un sueño,
del bolsillo, ese donde guarda las llaves.
Yo lo recogí y se me deshizo en las manos,
meta las suyas en los bolsillos,
y busque, busque locamente.
Los sueños son efímeros,
un poco tímidos, un mucho imposibles.
A veces se dan cuenta de que viajan solos,
otras veces están y ni los ven.
Los sueños son propios, reservados,
pero si los cuentas, son futuro,
o en nada, ya son pasado.
Oiga, no lo pise, tan pequeño,
tantos sueños perdidos,
tantos bolsillos vacíos.

 

Querer

Hubo días en que quise
y me querían querer
lo que quería,
aunque querer era confuso.

Pero querer, me querían,
a veces demasiado,
a veces con el querer roto,
querido, queriéndome querer.

Después quise querer
y no encontré como querer,
olvidé el quiero, a quien quiero.
Te quiero, ay Margarita,
no te quiero,
o sí,
¿qué es querer?.

Quería querer queriendo,
que difícil es el querer.
Nunca aprendí a querer.

Ahora quiero sentir el querer
como quien no quiere,
así, de a poco, querido,
pero no tanto, queridito.

Un poco es tanto querer
que no se puede querer más
aunque quieras menos.

Quiéreme menos,
quiéreme mejor,
quiéreme a ratos,
pero quiéreme.

Quería querer queriendo,
que difícil es el querer.

Quiéreme menos,
quiéreme mejor,
quiéreme a ratos,
pero quiéreme.

 

El amor

El amor es una locura,
un brote de límites
infinitos y absurdos
donde olvidas las risas
y rechazas los errores.

Una gota apenas sin lluvia,
tus manos mojadas,
el viento que te despeina.
Y no es mi susurro,
no es mi aliento, no es mi voz,
son los instantes perdidos
antes de olvidar los besos
que no diste, que te perdiste.

El Instante en que soñar
se convierte en un delito
y las mañanas son frías.

El amor es una locura,
una vuelta sin tuerca
donde nunca nos encontramos
ausentes en nosotros.

Tengo miedo de mirar
los pasos en que te alejas,
tengo miedo de escuchar
los gritos en que te acercas.

Quiero las flores del amor,
las risas, las tardes mías
en las noches tuyas.

Quiero aprender a sentir
todo lo que tú ya sientes
y perderme en tu locura.