Gregorio Pintas, debía tener justo la edad en que uno es responsable aritméticamente pero totalmente irresponsable de que la estadística lo nombrara mayor de edad, en líneas generales un adolescente contrahecho, o poca cosa más, algo inútil para las letras, negado de nacimiento para los números, y sin embargo fervoroso entusiasta de la vida. El Grego era de verbo suelto, que no fácil, era más bien introvertido y le costaba juntar dos palabras pero cuando abría la boca, ahí campaban a sus anchas los más lindos improperios, esos arrebatos lingüísticos que sonrojarían a una madame, pero tenía la finura de un colibrí para cantarlos así que ni la madame, ni nadie más del pueblo se daba cuenta, y menos las aludidas. Las aludidas eran tan, tan glamurosas como el batir de unos berberechos en la madrugada, tenían ese ritmo bamboleante de los melones en la furgoneta del Santiago, maduros ya, y tan sonrosados que en la boca eran puro placer, goteando por la barbilla, por el pecho, gotita a gotita. Las aludidas eran más temibles que dejarse todo el recauchutado en la subida del rally de primavera, curvas y curvas, derrapes y derrapes, justo cuando crees que ya vas a coger la recta, aceleras y vas todo lanzado, entonces, entonces se asoma una curva a medio camino entre la espalda y las firmes piernas, una curva osada, desafiante, sin quitamiedos porque lo que busca es que te estampes sin miramientos, que tus caballos, toda la manada junta, bajen al desfiladero, trotando, galopando, pierdan los cascos y te dejes la montura en la proeza, y la dignidad de paso. Las aludidas escuchaban la voz de Grego, él las miraba pasar, ellas se preguntaban qué decía ese, él no hablaba, ellas le miraban, a hurtadillas, menudo canalla, con los vaqueros más justos que el cambio de la máquina del tabaco, un pitillo en las manos y el culo apoyado en la montura de su 350. Las aludidas, secretas devotas de la incipiente lujuria, caminaban aprisa, rozando las piernas, pies juntitos, nalgas vacilantes, sintiendo el roce de los inmaculados encajes que las arropaban. El Grego era como un colibrí, de pico fino y sutil, apenas una palabra, el verbo nacía en él desde lo más profundo, y crecía grueso, cada vez más, se reafirmaba en cada pensamiento y pugnaba por la libertad. El Grego tenía mucho que decir, era más que evidente, ni la moto ni los vaqueros podían ocultar ya las lindezas que en su cabeza reventaban, y las aludidas lo sabían, y gozaban con ello. En la comisura de los labios una sonrisita cómplice, en las piernas un alboroto, un gemido. El Grego cambiaba de postura, fumaba, miraba al cielo buscando sombra, pero la voz era más fuerte, crecía en su interior, le dominaba, gritaba desde lo más bajo, desde la misma cremallera. El Grego tiró el pitillo, arrancó la moto, una mano dando gas, la otra, la otra entre el asiento y su pecado, callando el verbo que había florecido, sin querer pero queriendo, deseando. Las aludidas reían, el Grego huía, la estadística decía que esto no podía pasar, la aritmética decía que una más una eran dos. 
Mismidad
¿Recuerdas el claro de la luna,
aquel que se escondía en mis ojos?
No, que era noche cerrada.
¿Sientes como el agua resbala
en mis manos, entre tus dedos?
No, que es arena levantada.
¿Escuchas mis palabras, furtivas,
brotando entre tus labios?
No, mis labios ya están sellados,
tus oídos están marchitos,
mis ojos, tus manos,
y tu cuerpo entero, huidos.
Ya mis voces no te alcanzan,
mis ojos no te miran
y mis brazos no te abrazan.
No distingo tu silueta
oculta en las huellas del agua,
todo es sombra, negra sombra,
tu rostro, apenas un esbozo,
incapaz de verme, de verte.
Te abandona mi reflejo,
soy insondable, pétreo,
y hueco, infinita oquedad.
No recuerdo, no sientes,
no palpitas pero tiemblo,
corre, no me alcanzas,
ya no estoy, ya no te veo.

Infante
Ah, tierno infante, triste infante
ignorante de pérfidas veleidades,
cuán amargo es el placer que no sentís,
cuánta la desdicha de no amar,
roto el desmán, perdida la cuenta,
¿acaso no mensuráis las afrentas?
Si os cabalgan deslomado
¿acaso vuestras cinchas no rezuman?,
si galopáis en desenfreno,
¿acaso vuestra quijada no llora?
Os sentís atrapado, inánime en vida,
roto en ausencia, triste,
y aún así, insistís, ¿sombra mía?
Perdido os hallo, desventurado,
os preguntan sin esperar respuesta,
taciturno sois, quizá silenciado,
pero no osáis gritar en alto,
por mor de aliviar penas, ajenas,
cuando las vuestras ya ni sufren,
ni son penas, ni tienen alma.

Sueños
Oiga, se le ha caído un sueño,
del bolsillo, ese donde guarda las llaves.
Yo lo recogí y se me deshizo en las manos,
meta las suyas en los bolsillos,
y busque, busque locamente.
Los sueños son efímeros,
un poco tímidos, un mucho imposibles.
A veces se dan cuenta de que viajan solos,
otras veces están y ni los ven.
Los sueños son propios, reservados,
pero si los cuentas, son futuro,
o en nada, ya son pasado.
Oiga, no lo pise, tan pequeño,
tantos sueños perdidos,
tantos bolsillos vacíos.
Querer
Hubo días en que quise
y me querían querer
lo que quería,
aunque querer era confuso.
Pero querer, me querían,
a veces demasiado,
a veces con el querer roto,
querido, queriéndome querer.
Después quise querer
y no encontré como querer,
olvidé el quiero, a quien quiero.
Te quiero, ay Margarita,
no te quiero,
o sí,
¿qué es querer?.
Quería querer queriendo,
que difícil es el querer.
Nunca aprendí a querer.
Ahora quiero sentir el querer
como quien no quiere,
así, de a poco, querido,
pero no tanto, queridito.
Un poco es tanto querer
que no se puede querer más
aunque quieras menos.
Quiéreme menos,
quiéreme mejor,
quiéreme a ratos,
pero quiéreme.
Quería querer queriendo,
que difícil es el querer.
Quiéreme menos,
quiéreme mejor,
quiéreme a ratos,
pero quiéreme.
El amor
El amor es una locura,
un brote de límites
infinitos y absurdos
donde olvidas las risas
y rechazas los errores.
Una gota apenas sin lluvia,
tus manos mojadas,
el viento que te despeina.
Y no es mi susurro,
no es mi aliento, no es mi voz,
son los instantes perdidos
antes de olvidar los besos
que no diste, que te perdiste.
El Instante en que soñar
se convierte en un delito
y las mañanas son frías.
El amor es una locura,
una vuelta sin tuerca
donde nunca nos encontramos
ausentes en nosotros.
Tengo miedo de mirar
los pasos en que te alejas,
tengo miedo de escuchar
los gritos en que te acercas.
Quiero las flores del amor,
las risas, las tardes mías
en las noches tuyas.
Quiero aprender a sentir
todo lo que tú ya sientes
y perderme en tu locura.
Marioneta
Cuando callas te estremece
escucharte en tu silencio,
notas todas tus cuerdas,
las vocales y las otras,
las que te amarran, firmes,
tanto que magullan tu piel
y apenas te dejan respirar.
Las cuerdas de tus derrotas,
las sogas de tus olvidos,
los cordeles en los que tropezaste,
una y otra, y otra vez.
Finges que puedes liberarte
deshacer los nudos,
soltar los cabos.
En lo imposible gritas
mientras los hilos bailan
agitando tu vida, tus pasos,
marioneta ya sin teatro.
Sacude el ruido, baila,
cercena las maromas,
y quiebra las varillas,
improvisa sin guión,
y estremécete nuevamente
en el estruendo de tu libertad.
Última parada
Quizá la vida y yo
estemos reñidos,
cada cual por su acera.
Y en medio, un tráfico infernal,
no hay por dónde cruzar.
Los semáforos me niegan,
los bordillos me atenazan
y camino perdido.
El último bus me ha dejado,
no supe qué ruta tomar,
en la calle, frente al pasado,
no hay horarios, no hay piedad.
Última parada, toca caminar.
Dame la mano, quiero cruzar.
Ver los barrios de más allá,
donde se habita sin miedo.
Sentado en la escalera
el bus no pasa,
dónde irá mi bus.
Última parada, toca caminar.
El último bus me ha dejado,
no supe qué ruta tomar,
en la calle, frente al pasado,
no hay horarios, no hay piedad.
Última parada, toca caminar.
Dame la mano, quiero cruzar.
Ver los barrios de más allá,
donde se habita sin miedo.
Sentado en la escalera
el bus no pasa,
dónde irá mi bus.
Última parada, toca caminar.

Ojitos de plata
Si pudiera
tan solo mirar la luna desnuda,
ver sus ojos de plata mirarme,
de nuevo, nuevo,
yo, pero nuevo.
No creas que no era,
si ni siquiera fui.
En la madrugada la vi,
ojitos de plata,
no me dejaba ir,
en la madrugada un susurro
y en el capote, un sueño.
La luna que todo lo mira
y a mí no me ve, ya no.
La luna tiene quien la quiere,
a mi no, no me ve, luna,
con ojos de plata vendida.
Dónde estás, qué fue de tí,
luna que gira sin parar.

Gira
La tierra gira y gira,
yo me paro, me paro,
salto un poquito
y la tierra se va.
La tierra gira, yo viajo,
donde estás, no te pares.
Salto más y más,
tierra de mis saltos,
déjame buscar un lugar
desde donde saltar
a la tierra que ya no está.
Mis pies pierden el paso,
salto, salto y salto,
la tierra gira y gira,
yo me quedo, ella se va,
no sé dónde llegaré,
ya no quiero bajar.
