A l’aguait de llunes farcides d’oblit
sent la presó de les raons,
el trencall de les veus altives
que em sospiten de no hi ser,
de no fer costat als desitjos,
nombrosos i arrelats,
no hi sóc, mai no podré ser hi,
amagat al plaer de perdrem
entre veus tendres al amaneixer
de les llums que mai no m’han vist,
de les mans llampades de carmí,
dels ulls estranys d’un mateix,
m’ofegue entre les tecles
que no he deprés a tocar,
mai no trobaré el swing
de les lletres que no escriga
i no ballaré les vespres de no res
si no entenc les festes de després,
obert al trencall dels dies perduts
no vull deixar de ser el xiquet
que s’engrunsava sense arbres,
que somniava amb pells verges
i llunes nues.
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Joc
En un joc que em sap a poc
ara sóc i després, moc, faig un cloc,
verge veu de vespres, anima de boc,
reventa, foc, esclat, pixa cap,
soroll nutrit de nits, aigua i xap,
perdre peu, fer un crit a volta de un tap,
sentir, mentir, fugir, la ment al pit,
la creu de veure, la veu de creure,
i un pecat, malgrat la raó, al teu costat
sense patir, però gaudir,
arreu de tu, penjat, sostre i mac,
encavallat, la teua pell, fina i lluna,
agarres mans, cos i vida,
sents, palps i mires, crides,
soc, ara i després, més,
lo que tu em digues, rigues,
amb la veu, crit i meu, desfeu,
el tacte en el cervell, el pinzell,
i els colors dels teus ulls, veus,
em miren, criden, sospiren,
no es poc, croc, trenca el joc
Vientre sin lunas
Fuga del vientre de la madre,
fuga sin adolescencia,
pecado envuelto en carne mancillada
evanescente en su propio camino,
filtro de llantos interminables,
gloriosa fuente de quejumbres
y fantasmas indolentes, vivos.
Cuerpo, que en el cuerpo lates,
sin llorar, quiebro de lunas perdidas,
empujado por hombrías desbocadas
te pierdes, ya llanto, ya prisa,
sin voz, en el olvido de sus risas
y los besos sin fin, perdidos.
Ay, de ti sin tener, ay de mí sin querer,
ay de la vida que encuentras,
ay de las madres, niñas olvidadas,
ay de los vientres, adolescentes,
quiéreme, fuera de ti, a veces de mí,
quiéreme, ay, sin pensar.
Imagina
Imagina lo tarde que la tarde
dice que se hace en tu tarde,
la vispera de tus risas inconclusas,
la mañana de tus caricias perdidas,
el instante en que olvido
el abrigo de tus instantes
y los ratos en que trasiego
entre las risas y las manos
de tus tardes, acariciadas,
dame tu cuerpo, dame tu alma
y olvidame en tus pliegues,
olvido las fuentes que bebí
en las charcas que inundo
y repliego las voces que digo
mientras no las explico
quizá sin entender, ni querer,
ausente y oculto, en las tardes
en que tardo en sentir,
imagina que se hace tarde.
Risa
Tu boca me dice que risa es
reír lo que tu boca ríe.
Jardín
La niña de la sonrisa
camina entre piedras
y me grita altiva,
me olvida, me irrita,
desatinado, modificado,
me quedo lejos del camino
sin mis razones,
desalentado,
atiné a perderme entre la vida
y los hoyuelos de su prisa,
la imperfecta ilusión de ser,
ser humano y alejado,
huellas que en mí palpitan,
sin descubrir los pasos
del niño que se dejó las llaves
de un corazón perdido,
en las mañanas del jardín
que languidece, podado sin querer,
no me dejé la piel por nada,
ni la suerte de perder
las hojas de mis tallos
en la aridez de su mirada.
No quiero que me duela
y me duele el duelo
en que el dolor nos deja,
me vence la doliente
desesperanza de sentir
y me fustiga la pena
en que omito pensar
por no sentir, ni doler.
Quisiera recordar,
en el olvido,
lo que en la risa me escondes,
la sonrisa de las notas
perdidas en tu piel.
Sopa de letras
Hubo un día en que se dio cuenta de que la suma de sus verdades no era más que el producto de la insistencia por hallar la sinceridad en sus actos sin el tormento del disfraz de la rutina, abordó impasible la afrenta de madrugar sin temer despertar, en su primigenia naturaleza halló instantes de misericordia en los que ocultar sus profundos e incuestionables sueños, quizá por instantes también inconfesables aunque nunca irreductibles.
Entabló una conversación en el borde de la intimidad, en el precipicio de su propia idolatrada presencia y en el principio fue la palabra, la amalgama de sonidos que inicia la prometedora consecución del entendimiento verbal, el gesto inequívoco de reconocerse y formular las frases y las incógnitas de su ser, la algarabía de penetrar en sus recónditas holguras, vaivenes, en el grito de las voces propias, en el aullido de sus sinrazones, siempre al abrigo de las miradas perdidas que no atreve a prodigarse.
Escuchó y asimiló, escuchó y creyó entender pero en su lenguaje halló la tibieza de las palabras superfluas, la ocasión de no revelar más que un ápice de todas las barreras de coral en que sumerge sus pensamientos, asediado y perseguido por sus abruptas disonancias.
Y temió, temió como nunca, y temió como siempre, todos y cada uno de sus miedos surgieron en sus frases, en sus olvidos y en sus recuerdos.
No obtuvo la ansiada respuesta, no le sobrevino la esperada realidad ensoñada, el aire era demasiado cálido, ardiente, no encontraba refugio en sus cotidianas y absurdas sopas de letras.
Y calló.
Corre
Me dejé la voz entrecortada
en el legado de tus piernas,
me revolví en los huecos perdidos
que quedaron en los cajones abiertos,
no silencié las voces en la retaguardia,
no desdibujé las grotescas luces
del extravío que provocas en mí,
rompí el pañuelo de seda de mi cárcel
y pinté las mañanas de frías sábanas.
Corre, corre y dile a mi alma que no espere,
corre y dile que no calle.
Me escondí en los días inertes,
de nubes sombrías, ya sin gorriones,
días de inquieta calma, calma oscura,
apagué todas las luces en mi penumbra,
por no conocer los destellos de tu risa,
y me perdí, absorto en mis contradicciones.
Corre, corre y dile a mi alma que no espere,
corre y dile que no calle.
Negligente pretendo domar mis sueños
sin cátedra, sin magisterio en la razón,
en la reyerta de las nubes me hallo
discorde entre el olvido y el deseo,
junto a las palabras siento,
siento las que no mienten, y siento todas,
siento sin escribirlas.
Corre, corre y dile a mi alma que no espere,
corre y dile que no calle.
Luna
La luna de la noche,
luna callada y fría,
me anochece
y me acuna, la luna,
tan oscura, tan oculta,
cara de luna, espejo
en la que me busco
sin apenas hallarme,
luna sin sonrisa
preñada de olvidos,
la luna no me mira,
me habla sin palabras,
voces perdidas,
no la siento, a la luna,
distante y blanca,
luna sin boca,
sus ojos me evitan,
luna pálida y quieta
me susurra sin voz
cuentos de luna rota.
Epifanía
Justo ese había sido su sitio durante tantas noches, noches en las que encomendaba su alma y su suerte al regusto amargo de una cerveza mal escanciada, al abrigo de las miradas inquietas que no comprenden que el páramo no es yermo mientras broten sueños y palabras, palabras silenciadas por el incansable borboteo de los ritmos, las voces y el ruido en que se aísla.
De vez en cuando una mirada, quizá no buscada si no simplemente hallada, mirada que se encuentra, penetrante, algo distante pero notoria, detrás de aquella mirada se siente cuestionado, incluso interrogado.
La furtividad de un instante en el que adormecer algún impulso, callado por no molestar, en el temor inconfundible de no ser objeto de más aspiraciones.
Halagado en una sonrisa, confuso en la persistencia y absorto en la duda, no le queda más que la osadía de pretender imaginar y en ello invierte interminables segundos, a propósito de lo que pudieran ser, en sus más que perfectos paraísos.
Triste tipo que finge vivir con la duda de las manos en la barra, no pide ni reclama, siente que sorbe, a borbotones la vida que le rehuye, marchitas las cuencas ensangrentadas del olvido, no respira por no hallarse, no alienta por no quebrar, ni escucha.
Permanece anclado a su frágil escaparate de existencia, mano con mano, nudo de dedos anudados que deshace mientras bebe, a tragos la vida.
Le impulsa la absoluta indiferencia de la cotidianidad, el desencanto de los días que se marchitan en su lento peregrinar por las biografías de su alma y cuerpo, tan distantes y desconocidas entre sí.
Sabe y reconoce que no es un mero propósito vital, que se consume en la espera solitaria del deseo inconcluso, pero no por ello se abandona a la terrible desidia de no rebelarse a la costumbre y solicita, requiere, demanda, la atención de su propia honestidad para entablar la huida en cuanto su suerte despierte, malditas noches en vela sin difuntos que honrar.
Y celebra el amanecer, epifanía de su propia descreencia, cuando la luz arremete en sus cansadas pupilas en busca de un hálito de esperanza, rechazando verter tiempos descuidados en las sombras que ya le abandonan, en pos de nuevas y fantásticas sensaciones con las que construir destinos desconocidos.