Escala de viento Beaufort

Julieta es como la calma, si tienes la inmensa suerte y el privilegio de que descanse sus pupilas en ti un solo instante ya te sientes no solo querido, reconfortado o apreciado si no completamente amado, en el estricto sentido de la palabra, Julieta tiene tanto amor que te lo regala sólo con una mirada.

Julieta es como una ventolina, en un instante la sientes tan cerca de ti que sabes que no estás solo, te sientes arropado y un segundo después te rodea por el otro lado, danza a tu alrededor y te marea, acapara todos tus sentidos mientras intentas no perderla de vista.

Julieta es como un viento flojo, cuando la tienes al lado todos las células en tu interior se mueven y bailan con ella, tu cuerpo se mece como una hoja cuando se desprende de su tallo, vienes y vas, flotas apacible y te dejas llevar por su presencia.

Julieta es como un viento fresco, te sorprende, te pilla totalmente desprevenido y cuando quieres darte cuenta ya te está cimbreando como una palmera en la playa, no puedes evitar el trasiego de tus músculos con tal de verla un momento más, resplandeciente.

Julieta es como un frescachón, es inútil intentar caminar, sabes que en esas condiciones no sería posible, su fuerza impera y te derrota de inmediato. Pobre de ti como no te doblegues a su vitalidad, es impetuosa, alocada, ferviente e incluso frenética en su alegría.

Julieta es como un temporal, amarra bien tus defensas, pon a resguardo tus bienes más preciados antes de que sea tarde y te lleve. Ella soplará en ti, anulará tus razones, esquivara todas tus protecciones y se adueñará de tu ser, sin contemplaciones. Procura que no encuentre ni una sola rendija en tu pensamiento o la aprovechará para inundarte, pobre de ti como no sepas nadar.

Julieta es como un huracán, temible y terrible, te despedazará sin que puedas evitarlo, levantará todas las tejas bajo las que intentas refugiarte y destrozará muros, todos los que hayas levantado para que no te encuentre, arrancará las ventanas de tu alma y entrará en cada uno de los rincones de tu vida. Tomará posesión de ti y aniquilará tus objeciones, tus excusas, tus irreconocibles pecados para levantarte en vilo y arrastrarte sin compasión.

Julieta, Julieta es como tú.

The main reason women are crazy, is that men are stupid. (George Carlin)

Demonios

Son las tantas, otra noche más en la que te cuesta conciliar el sueño, las idas y venidas de la conciencia.
La fatal sombra de tu propia huella en la miseria de tus holgazanes pensamientos, la irrisoria mentalidad de extremada superficialidad y machismo en que retozas, después de tanto tiempo y sin apenas cartas para seguir jugando, y a qué, a qué vas a jugar?
Te avergüenza la presencia de un perfume en el que poder hilvanar cualquier lujuria que no supiste perdonar a tiempo, el encanto de un pecho apretado en el que posar la mirada furtiva, a destiempo de tus propias verdades, sabes que no es más que una efímera ilusión en la que embarcas las pocas excusas que te quedan para perdonarte, creencia absurda de una salvaje y desordenada mente que absorbe más ensoñaciones de las que puede soportar sin morir.
Te ves, tan lejos y tan pegado a tus carnes, al punto de la brasa infernal en que te consumirás sin remisión.
Maldito poeta caduco con ínfulas de actor erótico semoviente.
Despedaza a tu prójimo como él te despedaza a ti, revienta en la salsa de tu osadía sin admitir tu culpa.
Y llora, todo lo que nunca supiste ni quisiste defender como hombre, llóralo al punto de su ida, llóralo a contratiempo, desafinando todos y cada unos de los instantes en que sientes que puedes mejorar y no te das la mínima oportunidad, cobarde de trinchera sin enemigos, escombro de mente ahuecada y endulzada por la querencia de la perfección que nunca podrás abrazar.
Olvida, olvida de lejos lo que nunca alcanzarás a comprender en tu magnífica, apabullante, grandiosa estupidez y date con un canto en los dientes si puedes amanecer desescombrado un día más y saludar desnudo al sol sin demasiados complejos.
No perturbes el descanso en el que mora la belleza que evitas, la paz que imploras y te deniegas; arroja todo lo cerca que puedas un hálito de esperanza en tu lúgubre mortaja antes de que los demonios se te lleven, por amor de Dios.
No light goes out until it goes out. Let’s fight as men, not rats. Period. (Charles Bukowski)

Vull

Vull jugar, vull riure,
vull sentir el tacte de la teua pell,
vull mirar el mirar dels teus ulls.

Si tu no hi ets, on soc jo?
Si tu no em veus, que veig jo?
Si tu no em sents, que he de dir?

Vull ser on tu ets,
i perdrem amb tu, perduda,
no soc menys, no soc mes,
soc, i plore per ser, i prou.

I men adone que es fa tard
i el temps ha fugit al teu pas,
no hi puc tornar enrere,
no em puc treure endavant.

Junte quimeres per un cant
que ja ningú escoltarà
perdut al silenci, com jo,
com la teva veu anada.

You must do the things you think you cannot do. (Eleanor Roosevelt)

Tus silencios

El tormento se desliza en tu aliento
y sientes quebrar la fina piel
hendida a golpe de voces,
quieres retener el instante
que por imposible te deja
y pretendes, sin intención.
Todo el pecado te arrastra
te vapulea, te sumerge
y giras exhausto en el caos
que tu propia miseria fragua.
Esquivas verdades ciertas,
atiendes mentiras sin razón,
en el sarpullido de la carne
sientes tu propio averno
incólume de todos tus tiempos,
te desbarata el oficio,
pierdes tu sueño y tu certeza,
te rasga, confunde, viola tus entrañas
y exhausto gimoteas sin remisión
por el coraje de conocer
la paradoja de tus palabras
y el disparate de tu voz
cuando se insolenta
en el ruido de tus silencios.

Veu

Veu que en mi s’amaga
veu que a mi retorna, sense raons,
captiva de les onades verges
mullades de paraules
que mai no t’arribarán,
captiva de les fulles amortallades
pel transit del temps i la por,
por de sentir, por del pas incert,
por de la nit en què hi soc.

En el silenci es perd,
amb murmuris de veritats,
en esclafits de sentiments,
obrint-se pas en la foscor
que deixen les paraules mortes,
paraules orfes de sentit,
paraules oblidades de só.

Veu que trona, veu que brama
i no et troba, veu que calla,
inert i fustigada, sense alé,
veu que ja no diu, res.
Never miss a good chance to shut up. (Will Rogers)

El sauce llorón

Todas las tardes, a la salida del colegio, el niño arrastraba los pies por el camino de la estación, los guijarros saltaban despavoridos cada vez que sus pequeños zapatos se acercaban al borde de la senda donde se encontraban los más gruesos, sentía que podía ser un gran delantero cuando con un puntapié lanzaba una de esas piedras a varios metros de distancia.
Todas las tardes el niño pasaba delante de un sauce llorón, éste mecía lentamente sus ramas y le saludaba con un arrullo de viento que serpenteaba entre las hojas, el niño se volvía y respondía al saludo quedándose totalmente quieto, dejando que la brisa ondeara su corto pelo mientras escuchaba el canto de las hojas y las verdes ramas, cerraba los ojos para poder escuchar mejor la melodía y respiraba lentamente para no interrumpir al sauce ni al viento. No entendía por qué un árbol que cantaba con el viento lloraba, a él le hubiera gustado que el viento fuera su amigo y estaba seguro de que no lloraría, de hecho él nunca había sido un llorón.
Pero cuando hacía mucho viento el árbol no podía saludar al niño, estaba demasiado ocupado intentando proteger las hojas que el viento le arrancaba y se llevaba lejos. El árbol intentaba juntar todas las ramas a sotavento, las mantenía todo lo unidas que podía para que las unas ayudaran a las otras pero a veces las rachas eran demasiado fuertes y las pequeñas ramas se partían o las hojas se desprendían marchando solas, algunas caían cerca y miraban al sauce con nostalgia pero otras volaban tan lejos que ya no veían al árbol.
El niño ya sabía que muchas hojas volverían al año siguiente cuando el viento se hubiera tranquilizado y el sol empezara a calentar las ramas del árbol haciéndolas más acogedoras, pero de todos modos le preocupaba que el árbol tuviese frío, así, casi sin hojas durante el invierno.
Los días que llovía, al niño le gustaba mirar cómo las gotas de agua resbalaban por las largas ramas hasta que caían al suelo, el peso del agua incluso las doblaba y algunas ramas quedaban tendidas en los charcos, entre los guijarros del camino. Le parecía que entonces el gran árbol no tenía consuelo, que lloraba sin parar.
Algunas tardes el niño se acercaba al árbol y sostenía entre sus diminutas manos las ramas más largas, las que casi rozaban el suelo. Creía que el árbol también quería jugar con las piedras y removerlas, y lanzarlas lejos pero las ramas eran demasiado débiles para mover piedras, “quizá lloraba por eso”, pensó.
Una tarde de primavera el niño salió del colegio arrastrando los pies por el camino de la estación, esperó que el sauce le saludara al pasar pero no oía su canción, el viento no entonaba ninguna melodía y por más que mirara, el niño no encontraba las ramas ni las hojas meciéndose a su paso.
El niño levantó la vista y vio una enorme valla publicitaria con un cartel de color verde, el niño no era un llorón, nunca lo había sido, no, pero se le llenaron los ojos de lágrimas al leer el anuncio del cartel:
“Por cada coche nuevo que vendemos plantamos un árbol para salvar el planeta”.

Para Quique, se te echa de menos, aún después de tantos años.

La cita

Sentados frente a frente, la tarde caía entre ellos con la imperceptible suavidad de los pétalos que mece la brisa en primavera. Habían decidido que aquella terraza con vistas sería un sitio ideal para este encuentro y ambos nadaban expectantes en un mar de improvisación e inquietud.
Ella había elegido el vestido blanco, entallado, de flores minúsculas, apenas visibles, de un bello color granate apagado que sin embargo resaltaba endemoniado sobre la tela, salpicándolo de motitas de rubor que le conferían un aire de tierna maleficencia. Los zapatos, con tacones cómodos pero hábilmente seleccionados para tornear sus esbeltas piernas destacaban sobre el empedrado de la terraza con su color carmesí, y dejaban entrever que la tonalidad de sus labios no era fruto del azar.
Él se había enfundado unos vaqueros, algo claros pero sin llegar a parecer raídos y una camisa gris, de manga larga y con los puños remangados de forma descuidada pero sin duda alguna calculada milimétricamente. Estas prendas le otorgaban un aspecto distraído y a la vez cuidado, y complementaban a la perfección los botines cordovan que calzaba.
Ella había observado con disimulado placer las formas ocultas tras su indumentaria, intentando adivinar en la luz del atardecer su cuerpo, pronto en su imaginación encontró brazos firmes que la envolvían y piernas que la sostenían en infinitos paseos.
Él depositó su mirada en el rostro de ella y fijó su atención en su sonrisa, mientras descubría dismuladamente el contorno de los pechos que se auguraban tras la inmaculada tela; presentía que aquellas marcas, ocultas pero evidentes con la inestimable ayuda de la fresca brisa culminarían sin duda unos senos firmes y desafiantes, propios de su joven madurez.
En su mente se agolpaban las caricias y los roces, los besos, y ya sentía en la palma de sus manos la tersura de la piel, la prominencia de los pezones que se ofrecían erectos.
Ella disfrutaba con su mirada penetrante y no podía evitar sentir un ligero cosquilleo recorriendo su cuerpo, al punto que sus pies permanecían inquietos y de tanto en tanto sentía la necesidad de cambiar su posición, rozando ligeramente sus botines, lo cual la sobresaltaba aún más y un pequeño estremecimiento invadía sus piernas.
Él contuvo el aliento unos segundos mientras su perfume envolvía el ambiente, sintió la mezcla de las rosas y la canela, unos toques de azahar y perfectamente escondida una suave fragancia de lavanda que no atinó a distinguir si era del perfume o de su propia piel, le vinieron representaciones de su cuerpo en la ducha, sus manos resbalando sin prisa por las curvas de su piel, ya cercanas al vientre enjabonado, dejándose caer con la pereza de las mañanas hacia sus muslos y rozando levemente su sexo, quizá en preparada evocación de este momento.
Ella observó sus manos, nerviosas, inquietas sobre la mesa y fraguó instantes de pasión en sus fantasías, arrastrada por una oleada de deseo al sentirlas en su espalda, cercanas a su cintura mientras aspiraba el calor que emanaba de su vigoroso pecho, dejó que la envolviera el entusiasmo y emitió un suave, breve suspiro.
Él se percató de su gemido y sucumbió a la tentación de soñar con cada uno de los sonidos que probablemente proferiría en sus brazos, mientras sus cuerpos se entrelazaban. Ya podía sentir el contacto de su tibia piel en la palma de las manos, recorriendo sus caderas, sus muslos, cada centímetro de su cutis que se sentía tentado a acariciar y besar.
Ella entreabrió la boca, ligeramente, su lengua reposo unos instantes en el paladar, se demoró un segundo sosteniendo la punta de la misma entre la hilera de dientes que asomaba entre sus carnosos labios.
Por cierto, cariño, ¿mañana te viene bien acercarme al dentista? Espero que ésta caries no estropee nuestro aniversario.

Tempestad

Despertó y en el despertar halló la cercanía en la que sentir la imperceptible respiración de su cuerpo, próximo y aún distante en el sueño.
Adivinó que su aliento, inquieto, se encontraba todavía vagando en orillas de mares agitados, donde las olas sin duda arremetían contra las peñas y de tanto en tanto refrescaban sus pies inmersos en el agua, pues podía sentir la frialdad de la espuma marina al contacto de sus propios pies bajo las sábanas.
Y quiso acompañarla en su sueño, depositando sus manos sobre su vientre, reparando en el rítmico vaivén que impelía el agua en cada una de las idas y venidas, pues su cuerpo danzaba con el viento y el mar en la palma de sus manos.
Y viajó con ella sosteniéndola sobre las olas, alzando todo su cuerpo al contacto y abrigo del suyo, tomó la forma de sus curvas para navegar imposible en los océanos de sus fantasías.
Y las manos treparon descuidadas por las velas que los portaban, al tacto de su vientre siguió la tersura de su costado, adivinaba en las yemas de sus dedos cada una de las cuadernas que formaban el casco de la nave, y al pronto tomó el control de la cubierta, afianzó la palma de su mano en la curvatura prominente de su pecho, formando un perfecto abrigo en el que fuera posible proteger el encanto de su cuerpo de los embistes de la mar.
Y en el sueño le arrastró el viento y la corriente, sus manos corrían en tropel sobre la cubierta, en un instante asegurando el roce con las interminables piernas que se agitaban convulsas en la tormenta y segundos después en la caricia de los brazos, los hombros, para ya sin apenas temor palpitar junto al pálpito de sus senos, en la rotundidad de los pezones, tan sensibles a la frescura del agua en que discurría su viaje.
Comprobó todos y cada uno de los signos que enmarcan la calma y la tempestad, atisbó los horizontes en todas las rosas de sus vientos y de su cuerpo, y decidió, con la fortuna de los viajeros experimentados, permanecer al resguardo.
Lentamente sus manos palparon la amura de sus muslos y quiso comprobar la fina piel que cubría aquellas curvas, acercó la boca a su vientre, ya podía percibir el salitre en su lengua, la finísima arena no quedaba lejos y en apenas un suspiro, lo que tarda una racha de viento en dar vida a las velas e impulsar la arrancada, se encontró navegando entre los acantilados, en el estrecho paso que las firmes piernas amparan.
Ya su boca, tan cercana a los meandros de la costa, no podía evitar estremecerse y solicitar el socorro de afortunados marinos con los que compartir la singladura, entreabierta al cercano cobijo, boca y lengua tomaron al asedio las nuevas tierras, bañadas de frescura.
Muy poco a poco se adentraron en su objeto de deseo y conquista, exploraron, besaron, reconocieron, tomaron, dibujaron mapas en los que la ilusión sucumbe al placer, vibraron impetuosas, bebieron de manantiales nuevos y caudalosos, acariciaron y sedujeron, incansables.
La tormenta arreciaba y el mar sucumbió a la fuerza de la pasión, rugía el viento entre suspiros y jadeos, el vientre nadaba imposible entre la fuerza de las olas, apenas un instante de calma en el valle era ferozmente sustituido por la cresta de la ola, espumosa y fuerte, sacudía los muslos y los elevaba junto a la nave, el refugio en la costa era batido por un mar embravecido que apenas permitía permanecer a resguardo. Se desataron lluvias y torrentes, cascadas de agua fresca emergían de las rocas y desembocaban, esperadas y alentadas por el contacto de la lengua frenética.
Sintió que el sueño, y el mar y el viento del sueño habían cambiado, los suspiros se tornaron en suave brisa y las olas cesaron en sus embistes, su cuerpo relajado volvía al agua en calma, a la ventolina de las mañanas que transcurren sin prisa.
Se acurrucó a su lado y la abrazó, sintiendo en su cuerpo aún la odisea del sueño que termina, mientras apenas una tibia luz bañaba el rostro que le miraba, sonriente.

La ira

Te turba sin que medie palabra
como te trastorna sin tocarte,
errada penetra en la vida
como quien huye de la razón,
se abalanza sobre tus manos
y ciega tus ojos,
y quema tu garganta
y afila todos los cuchillos
que brotan en tu alma caduca.
Te arrastra a la marea de los perdidos,
sin objeto, sin tablas donde asirte,
y provoca la desazón, la quiebra
de las virtudes que nunca tuviste
y el refrendo de los demonios que te llevan.
Arrebata la sensatez de tu boca,
el sosiego de tus gestos
e impúdica violenta tus pasos,
hace firme en rocas despeñadas
en raíces desnudas y lavadas,
se nutre de flaquezas y errores.
Sorda, no puede escuchar lo que no se dice,
arrastra las tierras en las que ardes,
y deposita fango en tus voces,
confunde, atemoriza, desdeña
construye muros que asedian.
Ruge en ti, fiera y capaz,
solemne mientras te ciega,
sumisa cuando te vence
y orgullosa en su mentira,
viola tus palabras,
anuda tus gestos,
irrumpe en tus razones
y ahoga la sensatez,
te destempla en su genio
y te hunde en su cieno.
Incapaz yaces en la derrota
y no adviertes su presencia,
ya no respiras, airado,
ya no sientes, vencido,
eres presa, sin voluntad,
de la ira que te domina.

Anger is the wind which blows out the lamp of the mind. (Bodie Thoene)

El pasado

Oculto, oculto, oculto,
en tu jardín de umbría y frío,
escondido en tus raíces
y en tu perfecta incertidumbre.
Ignorado, no asoma ni clarea,
desvanece su frágil sombra,
secreto tras mil puertas,
disfrazado en cien rostros.
Tapado, a cubierto con razones,
velado por palabras y tiempos,
mira y mirando es furtivo,
a ratos pide, a ratos implora.
Oscuro, oscuro y quieto,
ignora que el sabio lo sabe,
desconoce los mil motivos,
la seriedad sin serenidad,
el gesto sin risas, triste.
Anónimo en el sueño ligero.
teme la vergüenza,
teme la burla, teme el murmullo.
Clandestino en tu alma yerma,
calcina los brotes nonatos,
enreda las raíces podridas
y busca un hálito de tierna
falta de cordura.
Mientras, tu boca lo negará,
tus ojos lo esconderán,
y tu alma, tu alma llorará.

The past can’t hurt you anymore, not unless you let it. (Alan Moore)