Bosquejo entre el juicio líneas,
garabatos al azar, sin pausa,
me guían extraño, insensato,
por el universo de mis duelos,
atrapado en mundos grises
donde la luz se ausenta rebelde,
preñada de emociones baldías
que rehuyen mis tristes poses.
¿dónde la esperanza, el grito
de los instintos insumisos?
¿dónde el desorden de la razón?
Tan sólo silencio, piadoso y sutil
que aprisiona, petrifica,
y me arrebata la pasión,
pasión herida de muerte,
pasión suplicante, ausente,
silencio encabronado, vil,
que me arranca la piel, me muerde
y miserable me rehuye cuando clamo,
silencio malquerido, silencio
absurdo de tan callado,
imperturbable en su griterío,
para qué, para quién, para nadie.
En el vocerío de mi tinta
se agolpa la furia y la razón,
me estremecen las palabras
en las que disfrazo mis vigilias
por no escuchar mis silencios.
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Huella
En mi senda el suelo se desvanece
al ritmo que marcan mis pasos cansados
agujeros insondables en que fluyo
de lo pasado a lo perdido,
de lo amado al olvido,
sin duda mis pisadas me rehuyen
como yo temo a los largos días
y siento que mi cuerpo tiembla
azorado por los persistentes pensamientos
en que me veo, me resulta doloroso
sentirlos, saberlos ahí, sin quererlos,
lacerándome al mismo instante de su parto,
con el andar vacilante, estrecho camino
para tanta carga, tanto tormento.
Las piedras retornan el eco, el quejido
del afecto que se estremece
aplastado, estrujado, humillado,
relegado a molestia, a sinsabor.
Esquivo en cada huella la realidad
mientras, aún, me conmueve la sensación,
el deseo y la gratitud de haber sido.
Del Gamell
Piso abruptamente guijarros,
en el camino ando, ligero
mientras el viento me sacude
y me recuerda leve, olvidado
las curvas que debo recorrer.
Sombras previstas, recodos
que refrescan mis pasos
en la mañana de por sí fría
y me conducen rápido,
sin apenas altibajos, certero,
en la ladera ahora ya soleada,
prontamente cálida, acogedora,
en la que sumerjo una vez más
la mirada atenta, soñadora,
buscando el horizonte y la mar.
El sendero me guía sin pausa,
zigzagueo la montaña, a vueltas,
lavanda, palmas, arbustos,
tierra removida que inquieta
entre los solitarios peñascos,
entre las rieras ahora secas,
inquietud que me transporta
de vuelta, ya en el sosiego
de la tarde, cansado, torpe,
mientras se suman mi sombra
y la montaña oscurecida.
Hormigas
En la comisura de los labios
peregrinan hormigas portando voces,
pieza a pieza, alzadas en vilo,
la procesión de las falacias sin estandarte,
el cortejo de la inocencia perdida
que despunta en el sonrojo de la carne,
nacen en lo más recóndito del ayer
y elevan en el diario de las gestas
cada uno de los icónicos encantos,
quizá fruto de partidas no resueltas,
quizá tan sólo insumisas notas,
no silenciadas, no amordazadas.
No fue el transcurso de la cotidianidad
ni las contradicciones del alma
o la absurda confluencia de rebeldías,
no fue el arrebato, ni la falta del mismo,
ni los hierros enmarañados tras el alma,
ni la terrible necedad de ocultar las formas,
no fueron las palabras, ni las sugerencias,
no fueron los pasos, los seguidos ni los otros,
ni los acertijos, ni las contrariedades,
ni las voluntades, ni los perdones,
tan sólo fue la descabellada pretensión
de silenciar en abisales cavernas
el pretérito de los atronadores coros,
el desencanto de la consciencia,
la ineptitud de la exculpación
en el que las hormigas de la boca
ahora buscan el consuelo, la absolución.
Insectos
Recuerdo un relato, lamentablemente no el autor, de un niño al que todos creían que amaba los insectos. El niño pasaba la tarde con ellos, todas las tardes.
Sin embargo el niño se entretenía arrancándoles la cabeza, le fascinaba el ruidito que eso hacía.
Cuando eso sucede desconociendo el dolor que se causa puede atribuirse a la inocencia pero cuando se es consciente y el hecho se repite, tarde tras tarde, entonces es crueldad.
Y sinceramente, ni me gusta ni me encanta, pero admito que a veces ayuda a crecer y conocer la naturaleza humana.
Empatía: Participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona.
Diles
Diles que el viento es frío,
diles que la noche es oscura,
diles que la mar es profunda
y que la lluvia no son lágrimas,
que las estrellas son viejas
y las nubes no son deseos,
diles que los pájaros no vuelven ,
que el rocío es escarcha enfadada
y las mañanas son gélidas,
diles que las mariposas tiritan
y la hierba se ensombrece,
que la tierra ya no huele.
Diles que las manos,
las manos se estremecen
cuando no alcanzan las nubes
ni tocan las estrellas,
cuando no las baña el rocío.
Diles que los ojos,
los ojos se secan en la noche
por no ver los pájaros, ni la mar,
ni las mariposas, ni la hierba.
Diles, diles que no crezcan.
Otro mar
También es un mar
pero no ruge ni se calma
es un mar que ahoga
sin olas sin agua
un mar insensato
Hold faithfulness and sincerity as first principles (Confucius)
175msnm
Uno a uno, los ciento setenta y cinco,
un solo santo y todos los demonios
ladera abajo parece que volaran,
nacen de la luz, mueren en la roca,
no hay final, azul oscuro de piedras,
se dejan la piel, el pulso y la razón
abandonados a su suerte, caídos,
en cada paso un ángel, un sueño.
Desde la ermita, ay, Catalina,
ya no los ves, ya no me ves,
los ciento setenta y cinco
ya no te guardan los destellos,
ya no te miran los silencios,
uno a uno te pierden, veloces,
gracias infernales se fugan,
dejan su sombra, sus noches,
lejos de tu capilla y tu cobijo,
se adentran limpios en el aire
que les lleva, les surca, apurados
a la piedra inerte, pie de santo,
donde el fanal nunca alumbra
donde las vigilias son eternas,
ciento setenta y cinco almas
entre la mar y tus demonios.
Un par un,
les cent soixante-quinze,
un seul saint et tous les démons
descendant la pente
on dirait qu’ils volent,
naissent de la lumière,
meurent dans la roche,
il n’y a pas de fin,
bleu foncé des pierres,
ils laissent leur peau,
le pouls et la raison
abandonnés à leur sort,
tombés,
à chaque pas un ange,
un rêve.
cent soixante-quinze âmes
entre la mer et tes démons.
Depuis l’ermitage,
ah, Catalina,
tu ne les vois plus,
tu ne me vois plus,
les cent soixante-quinze
ne te gardent plus les éclats,
ne te regardent plus en silence,
un par un ils te perdent, rapides,
grâces infernales s’échappent,
ils laissent leur ombre,
leurs nuits,
loin de ta chapelle et de ton abri,
ils pénètrent purifiés dans l’air
qui les emporte,
les traverse,
pressés
vers la pierre inerte,
pied du saint,
où la lanterne n’éclaire jamais
où les veilles sont éternelles,
cent soixante-quinze âmes
entre la mer et tes démons.
Shhh
Ahora dímelo mientras callas
pero dímelo.
No me cuentes cuentos
No me cuentes cuentos
de princesas y ruecas,
de ranas y dormilonas,
no me cuentes cuentos
de príncipes y elefantes,
de lobos y niñas encarnadas,
no me cuentes cuentos
de criadas y escobas,
de zapatos y manzanas,
no me cuentes cuentos
para dormir soñando.
Cuéntame por qué te ríes
para reírme contigo,
cuéntame por donde andas
para andar contigo,
cuéntame lo que miras,
lo que escuchas, lo que callas.
Cuéntame un cuento
para soñar despierto.