Unas palabras a veces bastan, sobran para arramblar con tu esencia, sentirte flotando, a la altura prescrita en los manuales, en la intrínseca genialidad del instante.
Espejo roto de la criada irlandesa, alejada de nosotros y a veces tan cerca, su nefasta desgracia, la mala suerte, desdicha.
Quebrada la única esperanza antigua pero cierta la nueva, la imperfecta, laboriosa vuelta, el regreso, al simple y oculto montón de perdurables humanidades.
Rod Stewart amenizando la noche, gran interpretación.
Y la camiseta naranja le sienta tan bien, indiscutible, cierto, objetivo.
Por lo demás otra más, y no está de más, de momento.
Gentes tan distintas, inciertas, algunas radiantes, simplemente absortas en su propia vida.
Había un parecido, un aire pero no más, pasó, lejos y ausente, como yo ahora, impertérrito, firme, o no tanto. Quizá a unos pasos, pero pocos.
Abordas la no presencia, la exacta dimensión de ti mismo sin recabar en la solitaria magnitud de tu huella, no sola, no abandonada, con tu sombra, pero sabes que incluso ésta a veces te esquiva, cómo no.
A ratitos un rostro interesante, distinto de la multitud, destaca entre el griterío.
Otros relatas que la carne es débil, demasiado, e incluso imperfecta, que el alma humana no tiene el sentido que tú esperas y que sucumbe a caricias incorrectas, desdichadas, como el espejo roto de las criadas. Y tus opiniones, tu absoluta creencia en lo que es y debe ser, lo que a momentos da sentido a tu conducta cae, cae profundamente, se desmorona y te deja bordeando el colapso y pidiendo la última, sabiendo que esa camiseta naranja te salvará a cambio de una sonrisa.
No way, the blonde still seems to be apart, far away.
Quisiera entenderlas, pero no puedo.