Marta no es que tuviera perspicacia para los novios pero tenía un ojo clínico para identificar pelmazos y fantasmas, apenas los olía de lejos ya sabía que el encuentro sería de los que pasan sin pena ni gloria, como mucho disfrutaría de la cena porque eso sí, como no hubiera cena no habría cita, a ver si encima de tener que aguantar las fantasmadas tenía que pasar hambre, hasta ahí podríamos llegar.
El caso es que aquella noche había quedado con Julián, un guaperas de los de gimnasio y poses infinitas, el típico que si le das cancha te está hablando de su genética mejorada sin miedo a romperse a cachitos del ridículo que está haciendo.
Y Marta, tan feliz, sentada en el taburete de la barra, esperando que el príncipe azul de su móvil se convirtiera en realidad; habían quedado en una pizzeria céntrica, se la había sugerido Julián, que si la pasta, que si la mozarella, en cualquier caso Marta preferiría que no fuera demasiado caro que este mes la lavadora le había desfigurado el presupuesto; bueno si Julián era un hombre de los de antes igual se estiraba y la invitaba aunque a Marta no le hacía mucha gracia, que ahora los chicos se creen que la cena es con postre, sí o sí.
Y Marta con su cervecita, trago reposado pero continuo, sin prisas pero algo nerviosa, no es que no tuviera citas pero este chaval le había llamado la atención, unos ojillos que enamoran y una sonrisa que bien podría servir para adormilarse confiada en su regazo, así que se había preparado a conciencia, la maquinilla se había encargado de dejar su piel desprovista de cualquier sombra, las cremas suavizando cualquier reflejo de una edad que no deseaba aparentar, y por si acaso se había puesto las braguitas de encaje, las chiquitinas, aunque Marta no se hacía ilusiones, era más bien recatada y eso de tener un roce sin más no era lo suyo.
Se entretenía con el ir y venir de los camareros, los ojos saltaban descaradamente de la cuatro estaciones a la primavera pasando por todas las combinaciones conocidas de antipasto, sin duda su apetito estaba siendo asediado sin remisión por las emisiones culinarias que desfilaban ante ella.
Y Julián se estaba demorando ligeramente, ya llevaba un par de minutos de retraso, a ver si con tanto gimnasio se le habían atrofiado los gemelos o lo que sería peor, puede que se hubiera arrepentido y no apareciera, pero no, eso no podía ser, al fin y al cabo siempre contestaba en minutos a sus mensajes, ese chico por lo menos demostraba interés.
Marta, mirada a la puerta, mirada a los platos que pasaban, no quería caer en la decepción, unos minutos más o menos siempre se perdonan cuando luego la conversación lo vale, habría que recuperar el tiempo perdido con una pizza bien cargada.
La puerta otra vez y un chico que mira insistente al interior, algo perdido, sostiene el pomo y empuja lentamente, un pie dentro y el cuerpo que le sigue, el cuerpo enterito, todo él. A Marta le tiembla ligeramente el pulso, la boca entreabierta ya para sorber el trago y el líquido no alcanza los labios, cae inexorable sobre el pecho, justo donde ahora Marta pensaba que hubiera sido una buena idea ponerse sujetador aunque la blusa no lo aconsejaba pero ya era tarde, la fresca cerveza empapó su pezón y éste sintió inmediatamente el frío y quiso ocupar su lugar con vigor y presencia.
Pero Marta seguía absorta en esos hombros, esos brazos que acababan de entrar. La camiseta lo bastante ceñida para despertar todos y cada uno de los sentidos de Marta, se le iluminó la mirada, y deseó que fuera Julián, y que Julián la mirara y que viniera hasta allí, y que la tomara en sus brazos y que la besara, y que…
Perdona, tú debes ser Marta.
Sí, sí.
Vaya, parece que te has alegrado de verme, bonita blusa.
Marta los olía de lejos, pero en algún momento de la noche el ir y venir de platos sin duda le debió haber saturado el olfato.