Me reventó la cordura, sin remisión,
un ya basta y unos aplausos,
perdí la poca serenidad que me quedaba.
Me abandonó la frivolidad,
y con ella se fue la risa y mi sombra,
me di cuenta de que no me sirve
de nada correr si no sé a dónde ir.
Jugué al juego de no perderte
mientras me perdía las noches contigo,
jugué a conocer sin poder ganarte
y desafié mis propias voces y el silencio
que crecía entre los dos, callado.
Ojalá no hubiera sido yo, siéndolo,
y haberte sentido, sin jugármela,
y haber ganado, sin apostar
y nunca más perder, ni ganar.
Ojalá los pasos nos sigan,
y quieran saber de ti y de mí,
pasos dispares, pasos sin compás.
Me abandonó la razón, por la que respiro,
un recuerdo, un soplo, quizá un gemido,
y en el poco tiempo en que me hallo
no te encuentro, ni te busco.
Me dejó la euforia, por imposible,
harta de intentar conquistarme,
en el vacío donde mora mi razón.
Ojalá hubiera sido yo, sin serlo.