Otoño

En el campo yermo la hojarasca vuela,
se balancea por los caminos polvorientos
a despecho de las ramas, de las hierbas,
cabalga con el viento, seducida por su voz,
se desnuda en su arrullo de pasión
y saborea las caricias furtivas,
en las que la envuelve, desconocida,
su cuerpo se arquea indolente
al abrazo del impetuoso vaivén,
escucha cada uno de sus chismes,
le da cobijo, aletea en su mirada,
se deja pervertir, mancillar, perder,
el viento la sabe suya, la posee,
ella baila a su compás, frenética,
alocadamente, se cree amada,
pero el viento usurpa su inocencia,
la conquista con su labia experta
y ella se ofrece sumisa, buscándole,
besa su cuerpo palpitante, enérgico,
lo toma, acaricia, goza y disfruta
hasta rendirle exhausto, consumido,
pero el viento es incansable, ruge,
silba entre las ramas y se aleja
mientras la hojarasca tiembla en el aire,
no puede mantener el ritmo del vendaval
y cae, húmeda y pesada, en las ramas,
en las hierbas, en el campo yermo.