Hubo un día en que se dio cuenta de que la suma de sus verdades no era más que el producto de la insistencia por hallar la sinceridad en sus actos sin el tormento del disfraz de la rutina, abordó impasible la afrenta de madrugar sin temer despertar, en su primigenia naturaleza halló instantes de misericordia en los que ocultar sus profundos e incuestionables sueños, quizá por instantes también inconfesables aunque nunca irreductibles.
Entabló una conversación en el borde de la intimidad, en el precipicio de su propia idolatrada presencia y en el principio fue la palabra, la amalgama de sonidos que inicia la prometedora consecución del entendimiento verbal, el gesto inequívoco de reconocerse y formular las frases y las incógnitas de su ser, la algarabía de penetrar en sus recónditas holguras, vaivenes, en el grito de las voces propias, en el aullido de sus sinrazones, siempre al abrigo de las miradas perdidas que no atreve a prodigarse.
Escuchó y asimiló, escuchó y creyó entender pero en su lenguaje halló la tibieza de las palabras superfluas, la ocasión de no revelar más que un ápice de todas las barreras de coral en que sumerge sus pensamientos, asediado y perseguido por sus abruptas disonancias.
Y temió, temió como nunca, y temió como siempre, todos y cada uno de sus miedos surgieron en sus frases, en sus olvidos y en sus recuerdos.
No obtuvo la ansiada respuesta, no le sobrevino la esperada realidad ensoñada, el aire era demasiado cálido, ardiente, no encontraba refugio en sus cotidianas y absurdas sopas de letras.
Y calló.