Un papel

Ni estaba en una botella ni lo había escrito en un papel perfumado, era poco menos que una frase, quizá un párrafo o como a los anglosajones les gusta llamarlo, una sentencia.
Porque eso era, nada más y nada menos, la sentencia de su propia suerte, la irremediable aceptación del devenir próximo de su vida.
Era su papel, y lo había escrito con su bolígrafo, que contenía su tinta, lo escribió con su propia mano, con los dedos apresados al frío metal.
Había meditado tantas veces lo que debería hacer llegado este punto, horas y horas invertidas en reconocer que de algún modo su porvenir estaba ligado al de los demás, que su destino pendía, como una marioneta, de las cuerdas que todos, todos y cada uno de los actores en esta tragicomedia no atinaban a mover con la certeza que se les requería.
Intuía que la ansiedad, que corroía cada minuto de los lánguidos días en que transcurría su pesar, no era más que el fruto de los devaneos de la comunicación que le abrumaba, de la odisea de intentar desplegar con un ápice de certeza los datos y las previsiones que le arribaban, incansables, a su atrofiada y estéril mente.
Sentía la incapacidad de la comprensión, el devaneo insustancial, a todas luces pueril, entre la ingente y agolpada desinformación que le absorbía la fe y la toma de partido, nuevamente infructuosa y baladí; incertidumbres asociadas a la malograda comunión entre pensamientos dispares, tensiones no resueltas, afectos y desafectos que no se ocultan ni son convenientes.
Un papel, miserable y reciclado, en el que disponía de toda la prosa que su extensa educación le había prodigado, del verbo tan denostado como infame en que acunar deseos, sueños y a veces hasta la rebeldía furiosa en que se atrincheraba para no desfallecer en el intento de sobrevivir.
Un papel, desgarrado por no recortar, estirado por no aguardar opciones, manchado con letras simples y desgarbadas, un papel escrito.
– Julia, son las seis, salgo a pasear y volveré a las diez en punto.

Escritos desde mi celda II