Vaqueros

Desliza la mano dentro del pantalón, apenas si cabe, y así, totalmente plana, recorre los milímetros que separan la cintura del objeto de su deseo. La punta de sus dedos tropieza con la piel, estirada hasta lo imposible, caliente y redondeada, de lo que en su imaginación la hace estremecerse hasta el paroxismo.
Mientras las bocas, beso en beso, jadeo en jadeo, se reconocen y retuercen, aprovecha para acercar la otra mano, muy lentamente, primero recorriendo los vaqueros, la tela abultada, sintiendo el músculo que se resiste en su encierro, palpitante, a punto de excavar túneles en la cárcel de algodón, confinado a la espera; después una caricia, la mano que en la palma siente la forma, los dedos que presionan justo en la costura, en el cruce de los caminos donde los jeans reparten, quizá desiguales, quizá descompensadas, las esferas que albergan los instrumentos, la maquinaria que oculta el preciado néctar hasta el fin de la batalla.
La mano, sube inexorable sin apartarse un sólo instante de la presa hasta encontrar el metal, la anilla, fría, aún inútil, y en un gesto tan sutil como firme consigue desplazarla por los raíles que la guían, la presión del deseo hace el resto, la locomotora avanza inexorable en la caída y las costuras se relajan, ha conseguido derribar la puerta y su mano no puede resistirse a recoger la victoria del allanamiento, penetra en la oscuridad de la tela y toma, redondeándola con su dedos, la materia, el músculo alterado, hinchado sin medida; suspira, gime, su respiración se entrecorta mientras no puede reprimir ejecutar la presión de los vencedores sobre el cautivo.
Salta, el botón salta y queda derrotado con un mínimo gesto, la pericia es fruto del incontenible deseo que la colma, no necesita más que un segundo y todo queda expuesto; las mejillas le arden, los labios tiemblan, intenta no revelar aún toda la excitación que la embarga y oculta en frenéticos besos una pasión que la supera por instantes. Siente la necesidad, no puede evitarlo, sin duda le supera, de acercarse, de sentir el vigor y la firmeza en todo su esplendor, con todos los sentidos expuestos a ese placer y se rinde al irrefrenable pálpito que la conduce a su deleite, amante y dispuesta, embriagada y entregada a derrochar todas sus caricias y besos, a devorar sin mesura hasta conseguir la rendición total de su amado.
Poco a poco sus piernas quedan juntas, las rodillas flexionan y el cuerpo recorre la infinita distancia que ya separa la boca de su boca y la lleva a otro destino, quizá más enérgico, quizá más rotundo, firme, erecto.
Su imaginación desbordada, adelantada al pleno goce ya saborea las mieles que su lengua, sus labios, su boca en breve conocerán, teme perderse y desprenderse de toda precaución, abandonarse al simple placer y amar.
Se detiene, no puede, es imposible, su mente es golpeada por un instante de realidad, el recuerdo, aún doloroso para ella y que sin duda no desea compartir con su amado de su reciente visita a la clínica y el suplicio que ésta ortodoncia le causa.

Pero, ¿qué demonios saca un hombre de pensar? Sólo problemas. (Charles Bukowski)